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En el Siglo XIX muchos viajeros recorrieron nuestro país y escribieron sobre las costumbres que observaban. Un ejemplo es Alcides D’Orbigny, que se presenta a continuación. En él se relata un día en las calles de Buenos Aires.

“(…) Pronto, sin embargo, la ciudad despierta: se ven en primer lugar las carretas de los pescadores que regresan de la playa, cargadas de pescados (…) Vienen después los aguateros, trepados en el yugo de los bueyes, mientras que una campanilla, atada a un montante, anuncia su paso. Luego llega toda clase de vendedores a caballo: los lecheros, adolescentes en cuclillas en medio de los tarros de lata llenos de leche o los distribuidores de pan (…) Los vendedores de aves y frutas recorren también las calles, así como los obreros de toda clase que se dirigen a sus talleres. Las lavanderas negras o mulatas masomenos oscuras, con la cabeza cargada con una gran ”batea”, en la llevan la ropa y el jabón, se dirigen al río fumando gravemente su pipa y conduciendo la pava destinada a hacer calentar agua para el mate, porque ellas nada hacen, lo mismo que los trabajadores del país, antes de haber sorbido, a menudo sin azúcar, su bebida favorita.

A las ocho comienza el día para los comerciantes (…) La ciudad presenta, entonces, el aspecto de todos los puertos importantes: se ven las carretas cargadas de mercaderías, a hombres de negocios de todas las naciones (…) Únicamente los hombres circulan durante el día, y el movimiento es tal que parecería que acontece algo extraordinario; hasta ese momento no se ven en las calles, más que esclavos o por lo menos criados o extranjeros; las porteñas rara vez salen antes del atardecer. a las dos el movimiento cesa de golpe (…) A las cinco se reinicia y, lo mismo que el de la mañana, dura hasta el atardecer (…) Cuando se encienden los faroles, las señoras salen de sus casas para ir a visitar las tiendas (…) Marchan con lentitud balanceándose muellemente y agitando el abanico con una gracia encantadora: es la abuela, todavía hermosa; la madre, las hijas y las tías, acompañadas de sus criadas, negras mulatas e indias. Se detienen a cada paso para responder a las preguntas de las otras familias que encuentran (…) luego entran a cada negocio, hacen desplegar todas las telas, se hacen mostrar los guantes, las peinetas, los abanicos; y después de haber puesto todo en desorden, se retiran sin comprar nada (…) Las mujeres se pasean así hasta las diez; regresan, entonces, y las calles antes repletas de las bellezas más impresionantes del mundo, vuelven a estar desiertas y silenciosas. Ni a las mujeres más ricas del país se las ve viajar en coche, todas prefieren ir a pie (…) Los cafés, sin embargo, están todavía repletos de hombres entregados al juego (…) Salen finalmente poco a poco, encendiendo sus cigarros y comienza el silencio de la noche (…)”

D’Orbigny, Alcides: Viajes a la América meridional,l823-l826.